La personalidad límite de Oasis siempre seductora y juguetona entre los abismos de la paradoja, quedó plasmada en un año definitorio: 1994. Año de Marte en Aries, de violencia y destrucción. En agosto de ese año apareció el disco Definitely Maybe que marcó el inicio del brit pop y la muerte definitiva del grunge; tan sólo cuatro meses atrás habían descubierto el cuerpo sin vida de Kurt Cobain. Sin embargo, Oasis cantaba desde el fondo de sus sueños urbanos de clase baja británica “I want to be a rock & roll star!”.

El sueño tenía que creer que a través de la música se podría vivir para siempre; como tributo a la desesperación de Cobain, Oasis ofrecía la otra cara de la fama: la capacidad de vivir para siempre (“Live Forever”).

Ese 1994 no sólo vio morir a Cobain, también fallecieron Ayrton Senna, Richard Nixon, Luis Donaldo Colosio, Elias Canneti, Henry Mancini, Charles Bukowski, Walter Lanz, Juan Carlos Onetti, más de medio millón de personas en las guerras tribales de Ruanda, 400 más en las calles de Sarajevo, 200 en los primeros meses de la guerra ruso-chechena, la cuenta y la imaginación pierden sentido cuando los muertos se acumulan uno tras otro.

Sin embargo, el sueño les quedó grande. La historia primero se escribe como tragedia y luego como farsa. No hubo un Sgt. Pepper para ellos, ni un White Album. Se pararon en los hombros de los gigantes (frase tomada del diario de Sir Isaac Newton) y se desplomaron.


Pero hace 26 años todo parecía posible y nosotros con ellos nos embarcamos en un viaje que ahora vemos a velocidad “Supersonic” y que termina convertida en una “Sad Song”… y sin embargo… definitivamente quizás… valió la pena el sueño.